Hoy, 2 de julio, se cumplen 33 años desde que Camarón de la Isla nos dejó físicamente. Pero si algo tenemos claro en Unión Romaní Madrid es que Camarón no ha muerto, porque su voz, su arte y su alma siguen vivos en cada cante, en cada rincón donde suena una guitarra y en cada joven gitano que sueña con cantarle al mundo.
José Monje Cruz, nacido en San Fernando (Cádiz) en 1950, fue mucho más que un cantaor flamenco. Fue un niño que creció entre compases, aprendiendo del calor familiar y del arte que se respiraba en su casa. Desde pequeño, lo llamaban «Camarón» por su pelo claro y su piel. A los ocho años ya cantaba en público, y a los dieciocho grabó su primer disco junto a Paco de Lucía, marcando así el comienzo de una de las parejas más mágicas del flamenco.
Pero Camarón no se conformó con repetir lo que ya se hacía. No vino a copiar, vino a crear. Con respeto a los orígenes, rompió los límites del flamenco tradicional y se atrevió a experimentar, a mezclar, a evolucionar. Introdujo instrumentos como el bajo eléctrico, el piano, la batería… y lo hizo desde la verdad. Desde su verdad. Muchos lo criticaron, pero muchos más lo amaron por eso: por no dejarse encerrar en ninguna jaula.
Camarón cantó con el alma de su pueblo. Con sus penas, sus luchas, sus heridas, sus esperanzas. En una época en la que ser gitano era aún más difícil que hoy, él demostró que el talento no entiende de prejuicios. Que el arte no se puede domesticar. Que la identidad gitana no es algo del pasado, sino una fuerza viva, rebelde y bella.

Su muerte en 1992, con tan solo 41 años, dejó un vacío enorme. Pero también una leyenda que crece con los años. Porque Camarón no solo transformó el flamenco, transformó la forma de ser gitano en el escenario, abrió caminos y sembró semillas de orgullo en generaciones que vinieron después.
En Unión Romaní Madrid lo recordamos hoy no con tristeza, sino con gratitud. Por lo que nos dejó. Por todo lo que abrió. Por ser una luz en tiempos oscuros, un referente para quienes siguen buscando su lugar sin renunciar a sus raíces.
Gracias, Camarón. Por cantar lo que muchos no sabían decir. Por emocionarnos. Por no traicionarte nunca.
Hoy, como cada día, te escuchamos… y seguimos.


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